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Entre los catorce y veintiún años, los jóvenes atraviesan el tercer septenio. En esta etapa, regida por la búsqueda de lo verdadero, se ejercita el pensamiento autónomo y la comprensión de los hechos complejos del mundo.

En el tercer septenio despiertan las predisposiciones anímicas que permitirán el desarrollo de los intereses individuales y es el momento en que se desplegará la capacidad de juicio.

La base sobre la que se asienta la labor educativa es la visión antroposófica del ser humano, y a partir de este punto fundamental es que se diseña la currícula. La búsqueda consiste en adecuar el qué y el cómo del trabajo en el aula, de modo que se propicie y acompañe el desarrollo del juicio en el joven.

El juicio es una capacidad del alma humana que se desenvuelve especialmente después de la maduración sexual. Es decir que a partir del período que habitualmente llamamos pubertad, los jóvenes tienen sus fuerzas disponibles para avanzar hacia la conquista de esta capacidad que denominamos juicio.

El primer momento en este proceso de desarrollo es el del juicio práctico, que abarca los catorce y los quince años. Es entonces cuando los jóvenes están en disposición de lograr la comprensión de una realidad o de un objeto, por ejemplo: la máquina de vapor, la locomotora. Por medio de la observación del fenómeno se revelarán las leyes naturales y su relación con el hombre y con la realización técnica misma realizada por el hombre, y por último, su efecto social. Las realizaciones técnicas que logra el hombre están en relación con sus ideas, entonces se estudiarán el invento y el inventor. También los jóvenes comprometen en esta etapa su interioridad. Para este momento se requiere que el docente propicie la observación detallada, veraz, completa del objeto de estudio, así como es necesario trabajar con los jóvenes las relaciones causales y el pensar comparativo.

La segunda etapa, que corresponde a los dieciséis años, es la del desarrollo del juicio teórico y es el momento del pasaje del conocimiento transmitido al conocimiento adquirido. Ahora desde la observación de superficie el joven avanza y profundiza su interiorización. Ahora la mirada va a estar puesta en la captación de las armonías y los equilibrios que le permitirán descubrir las leyes que están por detrás de los fenómenos. Es el pasaje del saber al conocer en el que se establecen relaciones entre las múltiples percepciones y el propio pensar.

El tercer momento, de los diecisiete años, se caracteriza por la capacidad que tiene el joven de percibir atmósferas, ambientes, tensiones. Es decir, los aspectos más sutiles de los fenómenos, no desde su propia subjetividad, sino como expresión del objeto y resultado del pasaje por las etapas anteriores del proceso de conocimiento, es la profundización del joven en el mundo. Este es el que llamamos juicio anímico.

Por último, el joven tendrá desarrollada, entre los diecisiete y dieciocho años aproximadamente, la capacidad de percibir la individualidad que está detrás de los hechos del mundo. Es un momento de activación del pensar individual como resultado del esfuerzo interior. En este momento los jóvenes ya pueden entrar en procesos de pensamiento que les permitan obtener conclusiones. Esta etapa es la que llamamos del juicio individualizado.

La observancia de los distintos momentos por los que atraviesa el joven a lo largo de su educación secundaria está sostenida en la descripción precedente y esta es el resultado de los procesos de investigación basados en la observación de los jóvenes que desarrollamos los profesores de las escuelas Waldorf en seminarios, congresos y encuentros de estudio. En esta caracterización se sostienen muchas de las decisiones pedagógicas al interior de la escuela Waldorf, como por ejemplo los aspectos curriculares o la disposición horaria.